Te despiertas igual a como te acostaste, con lagrimas en los ojos, sin desear seguir viva, con un profundo dolor clavado muy al fondo y que te consume.
No estás cansada, últimamente esa angustia que hay en ti no deja de inquietarte. Te miras al espejo, solo sientes asco. Ves un ser horrible y gordo al que apenas reconoces, ves la persona que más odias, lo que más te duele. Miras tu cara...tus ojos ya no tienen nada de elle brillo inocente, se tornan tristes, bañados en dolor, están llenos de ojeras. No es de extrañar puesto que no duermes.
Te vistes y planteas la primera batalla del día: librarte del desayuno. Vas al baño y te encierras, lavas tu cara mil veces, tal vez para hacer algo mientras pasa el tiempo, tal vez con la esperanza de que cambie la imagen de ese odioso engendro que se refleja en el espejo.
Es por la mañana y ya estas destrozada. Sientes unas profundas ganas de llorar, de que se acabe de nuevo el día...
Pero de algún modo llega Él, mi príncipe, no sé muy bien como, ni por qué, ya que tal vez no lo merezca, pero si sé k Él me sostiene entre sus brazos y saca mi única y verdadera sonrisa, sé que m recorre todo el cuerpo sin desagrado y que me encanta, sé que si esta él, la imagen del espejo no es tan espantosa y sé que me relaja hasta tal punto de olvidar mis problemas y de querer simplemente hallarme desnuda abrazada con su cálido cuerpo.
Te amo, príncipe tricolor.