Esas miradas de odio, que se dirigen a tu rostro, sin que tú sepas porqué y quedan grabados para siempre en tu mente.
Esa fría mano, que apenas un feroz instante se posa en tu meguilla, para dejar en ella su duradera marca de dolor.
“¿Qué sucede? ¿Que he hecho?”Si, es eso has dicho hola.
Tratas de no llorar mientras oyes el fuerte portazo de la puerta de tu habitación. Se ha ido.
Derrumbada caes al suelo, mientras las lágrimas comienzan a recorrer tu rostro. Dedicas tus pensamientos de socorro a la única persona que en alguna ocasión ha estado a tu lado. Pero ahora no está, está muy lejos, demasiado lejos.
Miras al espejo. Te matarías “¿Quien coño es ese trol del espejo? ¿De verdad soy yo? No me extraña que me odien”
Piensas en tu corto paseo por la vida. Te preguntas porque te tuvieron ¿Por qué no un aborto?
“El accidente” Resuena en tu cabeza “Yo debí morir hay”
Tu mente se nubla en un dolor profundo “Antes de…Todos eran felices…No debo estar aquí…Yo debí haberme ido…Todos felices…Sin mí, con ella…”
La culpabilidad te obliga a querer arreglar las cosas.
Te acercas hasta la pequeña caja de tu armario y sacas un pañuelo ensangrentado de su interior. Lo desenvuelves y al fin lo encuentras, tu cuchilla. Ya lo has hecho más veces. Solo debe de ser un poco más profundo esta vez. Solo un poco más y todo abra acabado. Nadie tendrá que odiarte por seguir viva.